domingo, 27 de septiembre de 2009

SACERDOTE EN MI TEMPLO


Sacerdote…no te di permiso de entrada.

Profanaste mi cama, con tus palabras.
Profanaste mi templo con tus dagas.
No debías entrar armado.
Olvidaste antes de entrar…
Dejar tus zapatos afuera,
tus armas y tu pasado.

En cambio, llamaste a los demonios.
Esos a los que combatimos durante años.

Sacerdote…usaste palabras.

Y hoy quieres compartir conmigo un lecho…?
Tú, el que con ira vociferó sobre mi cama?
Era una cama usada y lo sabías.
También sabías que reestrenábamos nuestro amor.

Nunca tuve la culpa,
que nuestros encuentros,
siempre hayan sido a destiempo,
en los círculos eternos.

Eso reclámaselo a Cronos.
Yo no manejo el tiempo…
Y vos…
Vociferaste tus entuertos...

Mi templo tiene paz,
En él estoy refugiada.
Solo escucho mis pasos.
Esa paz ganada a costas de sacrificios extremos.
De negarme a mi misma,
tus placeres.

Mi piel y mi alma eran tuyas.
Y en días de ira y locura…
Recordaste sucesos que yo había olvidado…
Levantaste junto a ellos tu daga.

Cómo osas querer entrar de nuevo en mi lecho?
Aún están frescas tus palabras.
No las apacigua el deseo.
No se las llevó ningún viento,
Siguen tus huellas en mi piel.
No puedo olvidar Sacerdote.

Y no es rencor,
Es temor, es defensa.
Es amor, es protección.
Es el último vestigio del amor por mi misma.
Por la dignidad profanada por las palabras.
Levanté altos muros a mi alrededor…
Las columnas de mi recinto aún siguen en pie,
Pero el rugido de tu voz puede voltearlas.

Elijo esta soledad dolorosa.
Aunque no pueda olvidarte…
Porque fuiste,
Sacerdote en mi templo.

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